“Farmear aura” puede sonar como una expresión recién creada por TikTok, pero su historia es anterior. Oxford University Press (OUP) registra la aparición de aura farming en Internet desde 2023 y la define como la construcción deliberada de una imagen atractiva, carismática o cool mediante comportamientos que proyectan confianza o cierta dosis de misterio.
El concepto combina dos códigos. Farming, procedente del lenguaje de los videojuegos, describe la repetición de acciones para acumular recursos o experiencia. Aura, en la jerga digital, funciona como una suerte de puntuación imaginaria sobre la presencia o el carisma de alguien. Hacer algo aparentemente extraordinario sin esfuerzo puede sumar “puntos de aura”; esforzarse demasiado por parecer interesante puede producir el efecto contrario.
La expresión creció considerablemente durante 2025. Según OUP, alcanzó un pico de uso en julio de ese año después de la viralización de Rayyan Arkan Dikha, el niño indonesio que bailaba sobre una embarcación durante las tradicionales carreras Pacu Jalur. El término llegó incluso a integrar, junto con biohack y rage bait, la shortlist para la palabra del año 2025 de Oxford.
Cuando el meme salió de la pantalla
Durante 2026 apareció otra manifestación del fenómeno: las llamadas “batallas de aura”. En estos encuentros, jóvenes se enfrentan mediante poses, movimientos y referencias reconocibles de memes y videos virales, mientras quienes los rodean deciden cuál de los participantes proyecta mayor “aura”.
Euronews reportó encuentros en México, Argentina, Brasil, Perú, Bolivia y España. En Lima, el fenómeno tuvo incluso una expresión pública documentada el 16 de agosto, cuando el Museo Metropolitano fue escenario de un concurso que reunió a jóvenes de distintos distritos de la capital.
Ese tránsito resulta más significativo que la palabra en sí misma. Un código producido y difundido en Internet terminó generando interacciones presenciales que, a su vez, regresan a las plataformas en forma de videos, memes y nuevas reinterpretaciones. La tendencia funciona porque quienes participan conocen previamente sus referencias; parte del atractivo consiste precisamente en reconocer el chiste.
Las marcas también buscan sumar puntos
El siguiente salto fue hacia las cuentas corporativas. En Perú, marcas como Pilsen y Tambo se han sumado a la tendencia. Fuera del país, medios especializados han registrado intervenciones de compañías internacionales como KFC y Wendy's.
La facilidad para adaptar el fenómeno explica parte de su atractivo: posee un vocabulario breve, códigos visuales reconocibles y una estructura que admite múltiples variaciones. Pero esa misma facilidad puede inducir a pensar que basta con copiar una pose, una palabra o un meme para participar legítimamente de la conversación.
La evidencia disponible sobre trendjacking recomienda más cautela. El Sprout Social Index 2025, elaborado a partir de 4,044 consumidores de Estados Unidos, Reino Unido, Canadá y Australia, encontró que 93% considera importante que las marcas se mantengan al tanto de la cultura de Internet. Sin embargo, un tercio encuentra vergonzoso que se suban a tendencias virales y 27% sostiene que hacerlo solo resulta efectivo durante las primeras 24 a 48 horas. Los resultados no pueden extrapolarse directamente al mercado peruano, pero muestran la tensión entre relevancia cultural y oportunismo.
Entender la tendencia no obliga a utilizarla
“Farmear aura” ofrece así una lección que va más allá de este viral. Participar exige comprender primero quién está usando el código, qué significa dentro de esa comunidad y si existe una relación reconocible con la personalidad de la marca.
La velocidad también importa. Cuando una tendencia requiere varios días de aprobaciones internas, puede llegar al público cuando el lenguaje ya cambió. Y medir únicamente reproducciones o interacciones tampoco permite saber si la participación reforzó la identidad de la marca o simplemente aprovechó temporalmente un pico de atención.
Por eso, comprender “farmear aura” puede ser más útil que intentar “farmear” desde una cuenta corporativa. El fenómeno muestra cómo las audiencias jóvenes convierten referencias digitales en códigos de reconocimiento, pertenencia y juego colectivo. Para una marca, la decisión relevante no es estar en cada tendencia, sino saber distinguir aquellas conversaciones en las que realmente tiene algo propio que aportar.