Cómo vender cuando el país todavía no termina de decidir

Según José Ruidías, profesor en Pacífico Business School y socio en Global Trade Marketing, las marcas deberán leer mejor el ánimo del consumidor, ajustar sus mensajes por territorio y reducir fricciones en una coyuntura donde la confianza pesa cada vez más en la decisión de compra.

Para cuando se publique esta columna, probablemente el país ya sabrá quién será el próximo presidente. Sin embargo, conocer el resultado electoral no significa necesariamente que la incertidumbre haya terminado.

En el Perú, las elecciones suelen cerrar una etapa formal, pero abren otra igual de compleja para las empresas: interpretar el ánimo del consumidor, ajustar expectativas y decidir cuánto conviene invertir o vender en un entorno donde las personas pueden estar mirando el futuro con más cautela que entusiasmo.

La incertidumbre política también modifica la decisión de compra

Muchas veces, la incertidumbre política se analiza como una variable macroeconómica, vinculada al tipo de cambio o a las expectativas empresariales. Sin embargo, pocas veces se la mira como una variable comercial capaz de modificar la conducta cotidiana de compra.

Cuando el consumidor percibe que el entorno es inestable, no necesariamente deja de consumir, pero sí cambia la forma en que decide: compara más, posterga algunas compras, exige mayor claridad en los beneficios y reduce su predisposición a pagar por propuestas que no le generen suficiente confianza.

En otras palabras, el problema real para las marcas es que el consumidor puede volverse más selectivo respecto de dónde coloca su atención y, finalmente, su gasto.

Este fenómeno, además, se cruza con un rasgo cada vez más visible del consumidor peruano: la impaciencia.

¿Somos consumidores más selectivos y menos tolerantes?

Hoy, además del precio, buscamos respuestas rápidas, cumplimiento, facilidad para resolver problemas y una experiencia que no complique innecesariamente la vida.

En un escenario de tensión política o económica, esa impaciencia podría amplificarse, porque las personas tienen menos disposición emocional para tolerar procesos lentos o servicios que las obligan a reclamar varias veces.

La baja tolerancia al error y a las demoras se convierte, entonces, en una exigencia comercial concreta. Una entrega tardía o una mala atención pueden pesar más que antes, no porque el consumidor haya cambiado por completo, sino porque el contexto lo vuelve menos paciente frente a cualquier fricción.

Además, sería un error pensar que el peruano reacciona de manera homogénea frente a la incertidumbre.

¿Por qué el Perú no "consume" la incertidumbre de la misma manera?

Durante estos días estuve de viaje en una ciudad de la selva y en otra de la sierra sur. La sensación que queda es que las diferencias políticas y emocionales entre regiones son mucho más profundas de lo que a veces se percibe desde Lima. Por momentos, parecieran dos países distintos, no solo por sus preferencias electorales, sino también por la forma en que interpretan el futuro y expresan la desconfianza.

Esta segmentación geográfica debería ser tomada más en serio por las marcas. Comunicar lo mismo, con el mismo tono y la misma promesa, a públicos que viven la coyuntura de maneras tan distintas puede terminar siendo una simplificación muy costosa.

Por eso, el reto comercial de los próximos meses no debería reducirse a lanzar promociones defensivas o esperar a que el clima político se estabilice. Las marcas tendrán que leer mejor el estado de ánimo del consumidor, ajustar sus mensajes según territorio, categoría y nivel de riesgo percibido, y entregar una experiencia con menos fricción.

Una ventaja para tiempos difíciles

En un entorno así, la confianza se vuelve una ventaja competitiva muy concreta. Puede tangibilizarse en claridad de precios, cumplimiento de lo ofrecido, canales de atención que respondan y propuestas de valor que expliquen con mayor precisión por qué vale la pena comprar ahora y no después.

La incertidumbre no paraliza necesariamente el consumo, pero sí vuelve más exigente la decisión de compra. Por eso, las empresas que entiendan este cambio podrán encontrar oportunidades incluso en un escenario difícil. Las que sigan vendiendo como si el consumidor estuviera emocionalmente disponible para cualquier mensaje probablemente descubran que el problema no estaba solo en la economía, sino en no haber leído a tiempo el nuevo umbral de paciencia del mercado.

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