La ciberseguridad como inversión para competir en exportación

La transformación digital abre nuevas oportunidades para el comercio internacional, pero también introduce vulnerabilidades que pueden comprometer la continuidad de las operaciones y la confianza de los socios comerciales.
Ciberseguridad

En 2017, NotPetya, un programa malicioso que se propagó por redes informáticas y dejó sistemas inutilizables, golpeó duramente a la naviera Maersk y le ocasionó pérdidas de cientos de millones de dólares. En 2023, un ataque de ransomware, un software malicioso que bloquea sistemas o archivos para exigir un rescate, paralizó temporalmente las operaciones del puerto de Nagoya, en Japón.

Ambos casos dejan una lección clara: un ciberataque no se queda en una pantalla. Puede detener el movimiento de mercancías, interrumpir negocios e incluso afectar a empresas que nunca fueron el objetivo inicial.

¿Realmente las nuevas tecnologías están impulsando la ciberseguridad?

La transformación digital está cambiando las reglas del comercio internacional. Tecnologías como blockchain, que permite registrar información de forma compartida y difícil de alterar, y el Internet de las Cosas (IoT, por sus siglas en inglés), que conecta dispositivos para recopilar e intercambiar datos, ya están ayudando a optimizar procesos, mejorar la trazabilidad y conectar a los distintos actores de la cadena de valor. Pero, a la luz de estas experiencias internacionales, ¿estamos construyendo operaciones más seguras o simplemente más conectadas?

La diferencia no es menor. La tecnología abre nuevas oportunidades para nuestras exportaciones, pero también amplía la superficie de riesgo. Muchas de esas vulnerabilidades permanecen invisibles hasta que algo falla. Por eso, la ciberseguridad no debería entrar en escena recién cuando ocurre un incidente, sino estar presente desde el diseño de cualquier solución tecnológica.

Pensemos, por ejemplo, en la agroexportación peruana, una industria en la que la eficiencia, la trazabilidad y el cumplimiento de estándares sanitarios son determinantes. Hoy, los sensores inteligentes pueden supervisar la cadena de frío; las cámaras conectadas, verificar los procesos de empaquetado; y las etiquetas electrónicas, permitir el seguimiento de un producto desde su origen hasta su destino. Todo ello representa eficiencia, pero también plantea nuevas preguntas: ¿qué ocurre si esa información es manipulada? ¿Qué pasa si uno de esos sistemas deja de funcionar en plena operación?

Ahí aparece una paradoja que no deberíamos ignorar. Cuanto más conectamos nuestros procesos para hacerlos eficientes, más puntos vulnerables podemos incorporar si no pensamos también en cómo protegerlos. Una falla en un sistema de trazabilidad puede comprometer información sobre las mercancías, interrumpir las operaciones logísticas y, quizá lo más difícil de recuperar, afectar la confianza de un socio comercial.

Lo mismo ocurre con blockchain y los llamados contratos inteligentes, programas que ejecutan automáticamente determinadas acciones cuando se cumplen ciertas condiciones, como liberar un pago. Sus beneficios son importantes, pero estas tecnologías no son infalibles. Un error de programación también puede comprometer una operación. La innovación, por sí sola, no garantiza seguridad. Confundir ambos conceptos puede salir caro.

La evaluación constante como norma

Por eso, hoy la conversación ya no se limita a cuánto invertimos en digitalización, sino a qué tan bien estamos protegiendo esa inversión. Fortalecer la seguridad de los dispositivos, evaluar a los proveedores tecnológicos, proteger la información crítica y contar con planes de continuidad deberían formar parte de la misma decisión de innovar.

Para el Perú, este desafío adquiere especial relevancia. Si queremos consolidar nuestra presencia en mercados internacionales cada vez más exigentes, debemos entender que la confianza también se construye desde la seguridad digital. Ya no basta con entregar un producto de calidad o cumplir con los plazos acordados. También debemos ser capaces de demostrar que los procesos que sustentan nuestras exportaciones son confiables.

Durante mucho tiempo, la ciberseguridad se ha tratado como un gasto que debe justificarse. Quizá sea momento de darle la vuelta a esa lógica y verla por lo que realmente representa: una inversión que protege nuestra capacidad de competir. Porque una cadena logística puede ser más rápida, más automatizada y más inteligente, pero todo eso pierde valor si no somos capaces de garantizar su continuidad.

El futuro del comercio internacional no dependerá únicamente de quién adopte primero las nuevas tecnologías. También dependerá de quién logre utilizarlas sin comprometer la confianza que sostiene cada operación.

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