Por Rocío Ramírez Leyton, gerente de RR. HH., directora en 3T Partners y miembro del Comité de Diversidad, Equidad e Inclusión de la APERHU
Cada cuatro años, las organizaciones despliegan quinielas, camisetas, transmisiones en vivo y concursos temáticos bajo una convicción casi dogmática: que el Mundial representa una oportunidad de oro para fortalecer el clima laboral. La premisa suena razonable. Pero ¿está respaldada por evidencia o confundimos una activación emocional con cultura organizacional genuina?
Lo que el entusiasmo sí puede hacer
No sería justo ignorar los beneficios reales. Los eventos de alto impacto emocional, como un Mundial, crean lo que los investigadores llaman shared emotional experiences: momentos de conexión informal que atraviesan jerarquías y rompen silos.
Un estudio de la Universidad de Oxford de 2019 encontró que los trabajadores que comparten rituales sociales con sus equipos reportan un mayor sentido de pertenencia y niveles más altos de cooperación. El fútbol, en ese sentido, puede funcionar como catalizador de vínculos que el trabajo cotidiano no siempre construye.
Además, la flexibilidad que algunas empresas ofrecen durante el torneo —ajustes de horarios o espacios para ver partidos clave— puede traducirse en señales poderosas de confianza y autonomía, dos variables directamente vinculadas al engagement, según Gallup en su reporte State of the Global Workplace 2023.
Lo que preferimos no ver
Ahí termina la parte cómoda del análisis.
Un estudio publicado en el Journal of Occupational and Organizational Psychology documentó caídas de productividad de entre 10% y 20% durante torneos deportivos de alta visibilidad, principalmente por distracción digital, ausentismo y presentismo; es decir, ese fenómeno en el que las personas están físicamente presentes, pero mentalmente ausentes.
Pero el riesgo más silencioso no es la productividad. Es la exclusión.
En equipos diversos —y toda organización debería serlo—, no todos viven el Mundial con la misma intensidad. Quienes no siguen el fútbol pueden experimentar las activaciones mundialistas como parte de un entorno que no los contempla.
Cuando la cultura del equipo gravita hacia un evento que no es universal, se produce una fractura sutil, pero real, en el sentido de pertenencia de una parte de la organización. La cohesión aparente puede esconder una exclusión que nadie nombra.
El rol del liderazgo: gestionar el momento
La pregunta correcta para un líder no es “¿cómo aprovechamos el Mundial?”, sino “¿cómo gestionamos inteligentemente un momento que moviliza emocionalmente a parte de nuestro equipo?”.
Por ello, el desafío consiste en administrar estos momentos culturales con criterio. Esto implica encontrar un equilibrio entre flexibilidad y resultados, permitir espacios de conexión sin perder de vista los objetivos del negocio y diseñar experiencias inclusivas que reconozcan la diversidad de intereses presentes en los equipos.
Las organizaciones más maduras entienden que estos eventos son oportunidades para observar cómo se relacionan las personas, cómo se construyen comunidades y cómo se fortalece el sentido de pertenencia. Pero también saben que ninguna iniciativa recreativa reemplaza una estrategia consistente de cultura y gestión humana.
El verdadero termómetro
Quizá el verdadero indicador de un buen clima laboral no sea cuántas quinielas se organizaron ni cuántos partidos se transmitieron en la oficina. La pregunta relevante es si estas iniciativas contribuyeron a fortalecer la confianza, la colaboración y el sentido de pertenencia, sin afectar el desempeño ni generar exclusión.
El Mundial puede ser un catalizador temporal de interacción. Sin embargo, el clima laboral se mide por la calidad de las experiencias que viven los equipos.
Porque el Mundial dura un mes. El clima organizacional, en cambio, se construye todos los días.