Por Patricia Merino, consultora de LHH DBM Perú
En lugar de preocuparme tanto por lo que la inteligencia artificial (IA) podría hacer para destruir mi trabajo, quizá debería empezar a pensar en cómo puede ayudarme a convertirme en un profesional mucho mejor. Esa podría ser la pregunta más urgente de esta nueva era laboral.
Hoy, una de las grandes inquietudes en el mundo laboral es la posibilidad de que la IA reemplace millones de empleos.
Cada semana aparecen nuevos modelos, herramientas y plataformas capaces de automatizar tareas que antes estaban reservadas a profesionales humanos. Sin embargo, el debate suele enfocarse en el lugar equivocado: el verdadero riesgo no está en la tecnología en sí, sino en la incapacidad de muchos para adaptarse, aprender y utilizarla de manera estratégica.
Porque sí: la IA es muy buena dando respuestas, pero no formulando las mejores preguntas. No puede reemplazar la creatividad, la intuición ni el pensamiento analítico que caracterizan a las personas.
Justamente ahí está la oportunidad: fortalecer lo que nos hace humanos. En una era en la que los cambios tecnológicos avanzan tan rápido que ningún experto puede dominarlo todo —ni siquiera en inteligencia artificial—, todos estamos, de algún modo, empezando desde la misma línea de salida.
Nadie lo sabe todo, y esa “ignorancia compartida” abre un nuevo espacio para el aprendizaje colectivo. Esta realidad nos obliga a repensar el liderazgo y el aprendizaje dentro de las organizaciones. Los líderes deberán adoptar un estilo de liderazgo empoderador, capaz de orientar a los equipos, dar dirección y, sobre todo, formular buenas preguntas.
El reto no será tener todas las respuestas, sino crear entornos en los que cada colaborador aporte su conocimiento y, en conjunto, se construyan soluciones más sólidas. El liderazgo jerárquico cede espacio al liderazgo colaborativo: uno que promueve la curiosidad, el diálogo y el aprendizaje continuo.
Del lado del colaborador, la responsabilidad es doble: familiarizarse con las herramientas, invertir en formación y desarrollar pensamiento estratégico. Ya no basta con usar la IA; hay que saber preguntar, contextualizar y discernir. Las buenas preguntas nacen de entender el entorno, de conectar datos con propósito y de una mirada integral del negocio.
Y, en ese proceso, hay un valor que se vuelve aún más importante: el criterio. En una época en la que el conocimiento está al alcance de un clic —basta escribir un comando para obtener información—, lo que marcará la diferencia será nuestra capacidad para discernir, priorizar y aplicar.
El criterio no se descarga ni se programa: se construye con experiencia, reflexión y capacidad de juicio, elementos que ninguna máquina puede reemplazar.
La inteligencia artificial no es una amenaza inevitable, sino una oportunidad extraordinaria. La herramienta está ahí, disponible para todos; la diferencia la marcará quien sepa usarla con propósito. La pregunta no es qué trabajos desaparecerán, sino qué tipo de profesional elegiremos ser en esta nueva era.