Eres esclavo de tus palabras y también de tus silencios, por Cristina Puma

La huella pública ya no es un accesorio: en entornos B2B, imagen, comunicación y reputación se han convertido en activos que influyen en la confianza, acortan decisiones y condicionan oportunidades, incluso cuando uno elige no “estar” en redes.

“Eres esclavo de tus palabras”, dice el refrán. Pero hoy también somos esclavos de nuestros silencios.

Hace unos días conversaba con mi hija sobre su búsqueda de prácticas. Me llamaba la atención lo cuidadosa que es con las fotos que elige subir, los textos que publica en LinkedIn, los hitos que decide compartir y cómo observa las interacciones que generan sus publicaciones.

Si uno lo mira rápido, parece que tuviera un community manager personal. No lo tiene. No ha estudiado redes sociales, ni edición ni diseño. Y no, no es influencer.

Lo que sí tiene es una comprensión intuitiva de algo que muchos profesionales aún subestiman: hoy, la presencia pública forma parte del capital profesional, incluso cuando no se gestiona de manera explícita.

Estamos, evidentemente, frente a una brecha generacional. Muchos venimos de una época en la que el currículum impreso y la entrevista eran el centro del proceso de evaluación.

El desempeño hablaba por sí solo y la reputación se construía casi exclusivamente dentro de la organización. Ese modelo ya no alcanza.

Hoy, antes de una entrevista, una alianza o una decisión comercial, existe un recorrido previo: redes sociales, participaciones públicas y huella digital.

Lo mismo ocurre en el mundo empresarial, especialmente en contextos B2B. Clientes, socios y potenciales colaboradores observan, interpretan y forman percepciones a partir de la información —y también de los silencios— disponibles.

Este cambio no es solo cultural; es estructural. En el Future of Jobs Report 2025, del World Economic Forum, encontré dos cifras reveladoras: el 61% de los empleadores considera hoy el liderazgo y la influencia social como una de las habilidades estratégicas más importantes para su fuerza laboral, y su relevancia seguirá creciendo hacia 2030. Liderar ya no es solo ejecutar: es influir, comunicar y sostener una visión clara.

En este contexto, imagen, comunicación y reputación han dejado de ser temas periféricos para convertirse en activos estratégicos del liderazgo empresarial.

La imagen profesional ya no responde solo a criterios estéticos. Es una señal estratégica que comunica rol, coherencia y nivel de decisión. En mercados altamente competitivos, esa señal condiciona la confianza inicial y predispone —o no— a la conversación.

La comunicación, por su parte, ha dejado de ser solo una habilidad blanda. El mismo informe señala que el 37% de los empleadores identifica la capacidad de articular el propósito y el impacto del negocio como una de las prácticas más efectivas para atraer y retener talento. Comunicar el “por qué” ya no es un recurso narrativo: es una herramienta de gestión.

Y luego está la reputación. El 38% de las empresas espera que sus inversiones en capacitación y desarrollo tengan como resultado directo la mejora de su reputación y marca empleadora.

En un entorno de alta competencia por talento y confianza, la reputación funciona como un acelerador: reduce fricciones, acorta ciclos de decisión y protege en contextos de crisis.

No es casual que el 43% de los ejecutivos identifique la falta de visión en los líderes como una de las principales barreras para adoptar nuevas tecnologías de forma efectiva.

El problema no es técnico: es de liderazgo y comunicación. La tecnología es una herramienta que se implementa cuando el líder lo decide.

Por eso, hablar hoy de imagen, comunicación y reputación no es hablar de forma, sino de capacidad estratégica.

No se trata de exponerse más ni de construir personajes, sino de gestionar la percepción con intención, del mismo modo en que se gestionan otros activos del negocio.

¿La forma en que te percibes coincide con la percepción que tienen tus clientes y tu mercado?

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